Alberto esquivó los dos balazos y un plomo pegó en una de las bandejas para hornear pan.
Alberto junto a su mamá, su papá y su hermana trabajan día a día en la panadería “La Celeste”, ubicada en Las Rosas y Rivadavia del barrio San Martín. Hace cuatro años y medio que el emprendimiento empezó a caminar con mucho esfuerzo y dedicación.
Hoy, cada centavo que ingresa de la venta de facturas y pan es invertido nuevamente en ingredientes para la elaboración. Es por eso que la caja registradora no guardaba más de 60 pesos de recaudación.
Sin embargo el delincuente, de unos 15 años, que ingresó armado a la panadería tenía como objetivo llevarse el dinero que encontrara.
La hermana de Alberto atendía el local con la puerta cerrada con llave. Es que ya le saquearon la caja registradora hace un año y desde entonces primero miran a quién abrir.
El menor de edad llegó a cara descubierta y no levantaba sospechas. Cuando ingresó al local, sacó un revólver calibre 22 y le exigió a la joven que le entregase todo el dinero.
“Dame toda la plata”, le dijo, pero cuando hizo una maniobra con el revólver para apuntarle a la joven se le desacomodó el arma y la mujer salió corriendo a los gritos. La vendedora se resguardó como pudo en la cocina de la panadería, en momentos en que el delincuente le efectuó un disparo directo a las piernas sin alcanzarla. Es que el tiro recorrió de un ambiente a otro el comercio y pegó en un tacho.
En la cocina se encontraban Alberto y su padre. Alberto no dudó un minuto cuando vio en peligro a su hermana y tomó una de las palas que son utilizadas para hornear el pan y se armó con eso. Enfrentó al delincuente y le dijo: “¿Qué estás haciendo loco?”.
El instinto de hermano pudo más que el peligro y ayudó a su hermana a resguardarse. El precoz ladrón le apuntó desde la zona de cajas, a corta distancia, y le disparó dos veces. Alberto se corrió y se resguardó de los plomos contra una pared donde el delincuente perdía ángulo de visión.
Los tiros pasaron a centímetros del panadero, que se quedó esperando la reacción del delincuente. Es que había alcanzado a ver que el asaltante tenía en su poder un revólver y esperó a que gastara las seis balas del tambor.
El aire en un momento se cortó. Los hornos seguían levantando calor y ambos esperaban la reacción del otro. El delincuente, que aparentemente no esperaba la resistencia del panadero, esperó también por unos segundos que este se asomara.
Un plomo pegó en una de las bandejas para hornear y el otro se estrelló en la pared, luego de recorrer varios metros de la cocina. Allí, el padre de Alberto estaba tomando unos mates y alcanzó a resguardarse al escuchar los tiros.
Luego de dispararle al panadero y a su hermana, el delincuente intentó abrir la caja registradora, pero tocó algo que la trabó y no pudo sacar el poco dinero que había. Entonces se marchó.
Cuando salió del local y pasó por una puerta que da a la cocina de la panadería, volvió a mirar a Alberto del otro lado del vidrio y le apuntó. “Si quería matarme, me tiraba”, reflexionó el trabajador.
En ese instante, el ladrón levantó su arma apuntando y escapó. Después una vecina le comentó a Alberto que el delincuente se había quedado en la esquina como esperándolo por si lo seguía. Pero Alberto se calmó, pensó y eligió quedarse en el local. Había defendido lo suyo, a su hermana y su lugar de trabajo.
En manos de Dios
Luego del robo, los policías de la Seccional Cuarta llegaron apurados y le dijeron a Alberto que tenían otra diligencia. El panadero les cuestionó: “¿Por qué no hacen las rondas?” y un policía le respondió que no les alcanzaban los efectivos para cubrir tres barrios.
Alberto y su madre pidieron ayer a las autoridades políticas que bajen la edad de inimputabilidad y que los menores de edad que delinquen sean detenidos y asistidos por profesionales.
Alberto cree necesario que los vecinos se informen de quiénes son los delincuentes peligrosos, y hasta propuso un escrache público “para que se tengan que ir de la ciudad”.
Su madre cree que Alberto “estuvo en las manos de Dios” cuando enfrentó al ladrón armado.
“No sabés si armarte o no. No sabés cómo actuar”, dijo el panadero del barrio San Martín, quien también vivió un tiempo en Puerto Madryn.
“Uno siempre quiere darle lo mejor a la ciudad”, reflexionaba Alberto ayer a la mañana, mientras le entregaba pan a un hombre que pedía algo para comer. Pero la inseguridad, que lo puso anteayer en una situación límite, lo hace pensar hasta en irse de la ciudad. |